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Cuidadores que aprenden a cuidarse

Feb 02, 16 Cuidadores que aprenden a cuidarse

A Josefina Navarro se le vino el mundo encima hace alrededor de siete años, cuando a su madre le diagnosticaron una enfermedad mental degenerativa. En ese momento se convirtió en cuidadora, una más de las cerca de los casi 5.000 avilesinos que atienden a sus familiares dependientes. «Cuando sales de la consulta con el diagnóstico tiendes a aislarte, porque no lo puedes ni verbalizar», confiesa. Tuvo que pasar un tiempo para que pudiera asumir lo que le estaba pasando a su familia y lo que iba a ocurrir a partir de entonces.

Su vida fue dando un giro para centrarse exclusivamente en su madre. Su historia es común y paralela a la de la mayoría de las personas que, como ella, cuidan a sus familiares. Es una historia que habla de soledad, aislamiento, depresión, cansancio y culpabilidad, y a la que ayer se le pusieron caras y nombres en una jornada de apoyo a personas cuidadoras de dependientes organizada por el Ayuntamiento de Avilés en el Centro de Servicios Universitarios. «Nos creemos imprescindibles, queremos abarcarlo todo y eso es imposible», cuenta Josefina, una de las participantes en la mesa redonda en la que cinco cuidadores expusieron sus experiencias.

Al principio compartía la responsabilidad con su padre, pero hace un año que se quedó sola. «En un porcentaje elevado marcha antes el cuidador que el enfermo», dice, porque ella ya ha logrado ser consciente de la inmensa importancia de que el cuidador se cuide a sí mismo, que se encuentre bien tanto física como mentalmente. «De nada sirve querer cuidar si nosotros estamos mal, no servimos si estamos depresivos», explica.

En los últimos meses ha logrado salir del agujero y ha vuelto a disfrutar de la vida. Se la puede ver haciendo yoga en el polideportivo municipal, y también es capaz de pedir ayuda a sus hermanos o a sus hijos y delegar en ellos algunas de las tareas. «Al principio me parecía que no era cosa suya, pero he descubierto que están encantados de ayudar», relata. Incluso se ha dado cuenta de que «es importante para ellos y les está ayudando», porque «ven que en la vida no todo es de color de rosa».

Para dar ese salto tan importante, para comenzar a delegar y a disfrutar del tiempo personal hubo un detonante: un taller para personas cuidadoras de familiares dependientes organizado por el Ayuntamiento de Avilés. «Para mí ha sido importantísimo», asegura Carmen Fernández, otra de las participantes. Ella se siente como si le hubieran «dado la vuelta», porque no sólo ha aprendido a pedir ayuda y a aceptarla, a saborear el tiempo libre o a desarrollar una vida independiente a la de su marido, al que atiende desde hace años, sino que lo que la ha cambiado ha sido, sobre todo, que ya no se siente culpable por el hecho que él esté unas horas en un centro de día.

«La gente te hace sentir como si fueras la mala, pero no lo eres, sino que te tienes que cuidar para tener energías cuando él vuelve a las cinco de la tarde», expone. El centro de día y el taller le han servido para pasar de estar siempre cansada y triste a recibir a su marido de buen humor y dedicarle un tiempo de mayor calidad. «Me ha ayudado a salir y a conocer a gente, a ver que hay más problemas que los míos, a tener otra perspectiva de la vida y a poder reír», cuenta Carmen.

«El mejor regalo»

Cerca de medio centenar de personas ha participado en alguno de los tres talleres que, hasta la fecha, se han puesto en marcha en Avilés. «Para mí ha sido uno de los mejores regalos de mi vida», afirma Rita Fernández, que hace tres años que se ocupa de su padre. «Fue una liberación, porque me sentía desbordada y me parecía que era una realidad que vivía yo sola», dice.

Ella también ha recurrido a un centro de día. «Cuando llegué la primera vez, metieron a mi padre en una sala y me dijeron: ‘Él necesita ayuda, pero tú más’», recuerda. No les faltaba razón. Hasta hace poco se sentía «responsable de todo» e incapaz de desconectar ni un minuto de la enfermedad de su padre y de las obligaciones que ella conllevaba. Una historia común a la de muchas mujeres, porque la mayoría de los cuidadores son mujeres, aunque también hay hombres.

Uno de ellos es Antonio Morán, que hace un año que se trasladó a vivir con su madre. «Nunca creí que me iba a ver en una situación así, pero empezó a renquear de las piernas y acabó postrada en una silla», reconoce. «El grupo me enseñó muchas cosas, y ahora soy capaz de salir a tomar un café con un amigo», dice.

Los talleres no han aliviado todos los males, pero sí los han hecho más llevaderos. Las enfermedades siguen ahí, las tareas también, pero ha cambiado la actitud. «Yo he conseguido poder abrirme y dialogar, empezar a ver una luz al final del túnel, que es una lucecita pequeña, pero al menos es algo», comenta Alfonso Hurtado, que hasta hace poco pasaba las 24 horas del día pendiente de cada movimiento de su mujer y ahora va teniendo «más libertad».

Josefina, Carmen, Rita, Antonio y Alfonso no han cambiado su realidad, sino a ellos mismos, y para eso han contado con compañeros que ya son amigos, y con profesionales . «Esto debería continuar en el tiempo», señalan.

Vía: www.elcomercio.es

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