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“Los cuidados no deben basarse en el trabajo no remunerado de las mujeres”

Ago 08, 17 “Los cuidados no deben basarse en el trabajo no remunerado de las mujeres”

La socióloga María Ángeles Durán (Madrid, 1942) lleva años volcada en la investigación de lo invisible, en hacer aflorar cifras y datos desconocidos o silenciados para apreciar mejor la realidad. En este caso, arroja luz sobre el impacto del alzhéimer y el coste no remunerado que asumen las familias, en especial las mujeres, sin el cual no se sostendría el modelo de atención. «Una familia que cuida a un anciano en casa evita a la Administración 24.000 euros al año solo en coste de personal en caso de que fuese ingresado en un centro», calcula esta investigadora del CSIC que hoy ofrecerá una conferencia en el Ayuntamiento de Donostia de la mano de la Fundación Aubixa.

Hablar de lo que cuesta cuidar a una persona enferma de alzhéimer, o de otras demencias asociadas a la vejez, ¿ha sido un tabú o no ha habido interés?

– Creo que no ha habido un interés. También es cierto que no es fácil. Porque quienes tienen un interés profesional en calcular los costes desde un punto de vista profesional son los gestores de las entidades públicas y privadas, las aseguradoras, los hospitales y los servicios sociales. A ellos les importa fundamentalmente la parte de personal. Conocer de antemano los costes es imprescindible para la gestión de las entidades, pero, ni en relación al alzhéimer ni en relación a ninguna otra enfermedad, ha avanzado en igual proporción la investigación sobre los costes no remunerados.

¿Cuándo se empieza a hablar de esa parte invisible?

– En 1995, la ONU hizo una conferencia sobre la mujer en la que se aprobó la plataforma de acción, a través de la cual se pidió un cambio en el análisis macroeconómico para introducir el trabajo no remunerado. A partir de entonces, se empezaron a hacer las encuestas de uso del tiempo, el mejor instrumento de investigación para mostrar lo que ya se sabía, pero con datos respaldados por encuestas oficiales.

¿Cuánto dinero ahorran las familias al Estado por esos cuidados no remunerados de los que se hacen cargo?

– Lo primero que hay que preguntarse es si el Estado tiene obligación de asumirlos. Ahí está la primera pelea política. No hay en todo el mundo dos Estados que respondan de la misma manera a esta pregunta.

¿Gestionar una enfermedad como el alzhéimer es primero una gestión política?

– Es fundamentalmente una gestión política, en el sentido también de que son los ciudadanos quienes deben decidir. Suelo decir que la contabilidad nacional es una novela en la que, lo primero que hay que decidir es quiénes son los personajes y qué papel juega cada uno. En los cuidados hay tres personajes fundamentales: las empresas, si el mercado quiere o no intervenir; la segunda es la Administración pública; y la tercera son los hogares. Luego hay un escenario decisivo, que es si tratamos el tema localmente o no. Con la internacionalización de los cuidadores, resulta que el cuidado que se preste en Euskadi tiene que ver con el marco migratorio general. Si hay crisis en Latinoamérica, tendremos muchos cuidadores dispuestos a venir, o si se ponen aquí muy duras las reglas de inmigración, tendremos escasez de mano de obra.

¿La Administración ha cargado el peso en las familias y no ha asumido su parte del rol?

– En un estudio que realicé en 1993, estimé el coste de atención de una persona con una enfermedad mental de larga duración, menos intensiva que las quirúrgicas o las infantiles, en la más barata de las entidades públicas. La conclusión fue que un enfermo que estuviese internado todo el año costaría cerca de 4 millones de pesetas -24.000 euros- solo en personal. Si se supusiera que ese sería el coste que asumen las familias por no tener ese cuidado transferido al sistema público, podríamos concluir que una familia que se hace cargo de un anciano le está evitando a la Administración esos 4 millones de pesetas al año, solo en personal.

Si hubiera que pagar por todos esos cuidados no remunerados, ¿quién podría asumir esos cuidados?

– Entre las hogares, prácticamente nadie. En un estudio reciente, he comparado las distintas formas de riqueza de las familias con lo que costaría tener un cuidador pagado con el salario mínimo o internar al dependiente en una residencia sin ayuda pública. Una de las conclusiones es que el 60% de los hogares no puede comprar los servicios de cuidado remunerado de un trabajador a tiempo completo, ni siquiera pagando solamente el salario mínimo, porque rebasaría el umbral del 33% de los ingresos del hogar, lo que se considera el límite que una familia puede destinar a la adquisición de un bien básico. Además, hay que tener en cuenta que el alzhéimer se produce sobre todo en los colectivos de menos renta, en jubilados y entre personas mayores de 65 años. A ellos, un cuidador a tiempo completo y salario mínimo consumiría más del 43% de su renta. En una situación de dependencia, la mayoría de los hogares no podrían hacer frente al ingreso de uno de sus miembros en una residencia no subvencionada. En resumen, los hogares no disponen de suficientes recursos monetarios para atender sus necesidades si han de pagar por ello.

¿En qué grado ha contribuido a aliviar esa carga de cuidados a las familias la Ley de Dependencia?

– En mi opinión, ha sido la ley más democrática e igualitaria desde que se instauró la democracia en 1978. Un tema de inmensa importancia para las familias ha dejado de ser privado para ser tratado desde lo público. Lo que ocurre es que desde 2006, y con la crisis, ha quedado muy rebajada, con diferencias muy grandes entre comunidades autónomas.

¿Se debería tender a una mayor profesionalización?

– Esto estaría bien. Pero el problema está en la desproporción del tiempo de trabajo que es rentable para el mercado de trabajo, y el que es rentable de cara a la sociedad. El mercado de trabajo solo absorbe lo que le produce beneficios. Y ni los niños, ni los enfermos, ni los dependientes son rentables.

Pero hay un gran negocio en torno al sector de los cuidados.

– Sí, es un maravilloso objeto de deseo para el mercado siempre y cuando haya alguien que pague por él. Ese alguien pueden ser los enfermos y los ancianos, las familias, o las administraciones públicas.

¿Un enfermo con dinero tendrá más posibilidades económicas de estar mejor cuidado?

– Sin duda. Pero eso no quiere decir que entre familias de pocos ingresos pueda existir una generosidad y solidaridad inmensas que hagan que puedan cuidar a sus enfermos y a sus ancianos con un cariño y dedicación extraordinarios. Fuera de España, hay países muy pobres que reciben muchas horas de atención y están muy integrados en sus familias. Nosotros, en cambio, tenemos una sociedad muy individualista y unas tasas de natalidad que hacen que la carga del mayor respecto a las edades centrales vaya a ser cada vez más alta. Y además somos una sociedad muy móvil. ¿Quién vive ahora al lado de la ama? El modelo del hogar tradicional ha cambiado.

¿Se están poniendo las pilas las políticas públicas para afrontar el problema de la falta de relevo generacional en los cuidados?

– En absoluto. Porque, entre otras, cosas la Ley de Dependencia se aprueba en 2006 y la crisis aparece en 2007, y todos los organismos públicos empiezan a tener menos ingresos. Si a eso se le suma la tensión demográfica del menor relevo, el problema se agrava. Estamos ante un problema estructural ante el cual se necesitan redefinir las prioridades.

¿Cómo se puede preparar una persona sin demencia para cuando llegue la fase de dependencia, sea alzhéimer u otra enfermedad asociada a la vejez?

– En el libro de Ana Martínez ‘El alzhéimer’, se subraya la importancia de la prevención a través de la dieta alimenticia, el deporte y a la actividad mental. Por ejemplo, hacer sudokus, aprender otras lenguas…

¿Y respecto al coste económico? ¿Se puede hacer hucha para afrontar los costes de los cuidados?

– En el caso del alzhéimer, solo un 5% de los casos se explican por la genética. De modo que el que lo haya sufrido en la familia no tiene que angustiarse, ni el que no lo haya padecido, estar tranquilo. Es imprevisible. De lo que sí se puede hablar es de la previsión de la situación de dependencia. Hay unas cuentas muy claras. En estos momentos, las personas que trabajan empiezan con más de 20 años y terminan con 62 años de media. Suponiendo que todo el mundo tuviera empleo, tendría ingresos durante 42 años. Por otro lado, la esperanza media de vida ya se acerca a los 88 años. ‘Grosso modo’, tendríamos que estar apartando el 70% de lo que producimos en los años en que estamos en el mercado laboral solo para pagar nuestros propios gastos. Y como no lo hacemos, alguien lo tiene que hacer gratis, y dentro de ese cuidado no remunerado, son las mujeres las que asumen el 80% de esa tarea.

Hay mujeres cuidadoras las 24 horas del día.

– Quiero resaltar que los deberes familiares tienen que tener un límite. Entre otras razones, porque en una sola persona pueden estar recayendo muchos deberes familiares. Es posible que esté al cargo de dos personas de la generación anterior. Una carga excesiva de cuidados entra en claro conflicto con otros derechos de la persona, a la educación, al empleo, al ocio. Por lo tanto, hay que repartirlos. Hay que desarrollar nuevos modelos de atención que no se basen en el trabajo no remunerado de las mujeres, ni sean inaccesibles a la mayoría de los hogares.

Vía: www.diariovasco.com

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